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La caza del insensible

 

Pórtico Luna

Voy a intentar decir esto sin ofender a nadie.

Siguiendo con la tendencia planteada en la pasada columna de ser más papistas que el papa uno llega por inercia al perfecto extremo de las posturas civilizadas, ese monstruo tremendo, protegido permanentemente por un matón desagradable llamado "buen gusto", que conocemos generalmente como "lo políticamente correcto".

Ya que existen enormes parrafadas acerca de lo políticamente correcto tejidas por pensadores de gafas mucho más brillantes que un servidor, me voy a limitar a narrar un hecho real que, por azares del destino, describe perfectamente mi posición sobre el tema.

La historia tiene como protagonista a John Callahan, un humorista sindicado en varios periódicos norteamericanos. Su humor es de difícil definición, así que, echando mano del reverso de su libro "La noche, dicen, se hizo para el amor" —en cuya portada aparecen dos ciegos cortejándose—, robaré las palabras del también humorista P.J. O'Rourke: "Cuando la gente se ríe sin parar y después dicen 'eso no tiene gracia', puedes estar seguro de que están hablando de John Callahan".

Callahan no tiene reparos en sacar el humor de las situaciones más violentas: en sus viñetas es habitual encontrar mendigos, cadáveres, asesinos en serie, iconos religiosos y muy particularmente impedidos físicos: invidentes, mutilados y personas en sillas de ruedas son colocados sin compasión en gags que superan la supuesta barrera de lo reprobable pero que cumplen la función básica del humorista: hacer reír.

Los sucesos arrancan en el defecto que tienen los periódicos norteamericanos de publicarse en Estados Unidos, un lugar donde las personas con exceso de tiempo libre no dudan en crear organizaciones para protestar sobre prácticamente cualquier cosa y de paso aumentar la cuenta corriente de abogados sin escrúpulos, valga la redundancia.

De modo que era natural que surgiera un grupo de personas sensibilizadas que se ocupasen de marcar a Callahan como una persona insensible, tal vez con la esperanza de que estigmatizarlo serviría para hacerle ver el error de su actitud. La protesta estuvo enfilada esencialmente hacia los medios de comunicación, que a base de los bombardeos habituales no tuvieron inconveniente en que la población supiese que había un humorista enfermo que se dedicaba a reírse cruelmente de los impedidos físicos. Así que imaginemos un debate televisivo en el que se trata el tema y se concede al grupo de sensibilizados un buen tiempo de micrófono para establecer las bases de su lógico, poético y justo ataque a la insultante obra de

Callahan. El público, conmovido, ovaciona las sucesivas incisiones del portavoz y coincide en que el castigo debe ser ejemplar: no se puede reír uno impunemente de las personas en silla de ruedas. El presentador del programa, conocedor de las bases del periodismo, nos avisa de que podemos conocer el punto de vista contrario: el mismísimo John Callahan está en los estudios y va a defenderse en el plató. El público va a ver cumplidos sus deseos de sangre sobre el inhumano Callahan. Se abren las puertas y aparece Callahan... en silla de ruedas.

Callahan es tetrapléjico.

Los más lentos pueden estar pensando, después del shock, "eh, un momento, va en silla de ruedas, pero también hace chistes de ciegos y de monjas; y él ni es ciego ni es monja". La historia que les he contado debería ilustrar la obvia pero políticamente incorrecta moraleja: el hecho de que Woody Allen sea judío no le da derecho a hacer chistes de judíos, sino que le permite crear *excelentes* chistes de judíos.

Si, con todo, hay quien considera que Callahan merece un serio correctivo, lo tienen fácil. No en vano su autobiografía se titula "Tranquilos, no llegará lejos a pie".

Así demostrarán ustedes que son personas sensibles.

Raúl Minchinela <abz@posta.unizar.es>